La tecnología, aplicada a los viajes, ¿quién lo pensaría?

Si viajamos hacia atrás apenas un siglo, nadie podía imaginar que un día íbamos a viajar por todo el mundo gracias a una ciencia invisibles que nos iba a hacer llegar a cualquier lugar que quisiéramos con una rapidez asombrosa. Claro, es cierto que hace cien años ni siquiera existía el concepto de “tecnología”, y difícilmente se pensaba en la velocidad cuando la gran mayoría de las personas viajaba aún usando la fuerza animal, o como mucho la fuerza del carbón o uno de esos primeros prototipos de automóviles. Pero, ¿y si lo desplazamos a hace 50 años más o menos? Pues tampoco, aunque los transportes ya hubieran llegado a un estado bastante avanzado de automatización y ya se hubieran explorado distintos avances bastante revolucionarios.

Por supuesto, la tecnología más evolucionada llegó a nuestros medios de transporte, todos a base de máquinas complejas que cada vez nos llevaban más lejos y a mayor velocidad hasta nuestro destino deseado. Trenes, barcos, automóviles… pero sobre todo el transporte aéreo, han acabado totalmente automatizados, y en el caso de barcos y aviones, el uso de la tecnología a distancia ha sido primordial para hacer este transporte mucho más seguro y eficaz. ¿Qué sería de ellos sin la ayuda de los radares, que tanto han mejorado, o la de creación de rutas en tiempo real? Ya nadie imaginaría viajar por estos medios sin esos avances.

El avión se ha considerado durante mucho tiempo el medio de transporte más seguro, y nada ha sucedido para que haya dejado de considerarse así; de hecho, la introducción de una serie de mejoras tecnológicas, junto con las de larga distancia como he indicado, lo ha hecho mucho mejor, más rápido y con la capacidad de adelantarse y reparar más rápidamente cualquier tipo de problema o error. Claro que no por eso debe olvidarse el factor humano en todo esto: no sólo como creador de estas tecnologías, sino como la mano que las aplica, y también otras que influyen, aunque no tan directamente, en su adaptación y práctica.

Por eso, el trabajo de los pilotos en el transporte aéreo es primordial, sobre todo teniendo en cuenta que cada vez necesitan estar más preparado gracias a las continuas mejoras que se hacen en los aparatos. Y, por supuesto, no hay que olvidarse del personal de a bordo, desde los segundos al mando, hasta la imprescindible labor de las azafatas, también cada vez más preparadas para los nuevos avances. Estas señoritas (chicas guapas casi siempre, pero aunque no entienda la razón no me quejaré) son las encargadas de hacer que nos sintamos cómodos en los aviones, y que nuestro viaje sea lo más ameno y tranquilo posible; para ello, tienen innumerables técnicas que aplican tan sutilmente, que casi no nos damos cuenta.

Claro que no siempre son tan sutiles, ahora que lo pienso y recuerdo unos videos de lesvianas que veía el otro día, y cuyas protagonistas eran unas azafatas tortilleras. Las chicas no sólo se lo montaban entre ellas, sino que al ver que algunas de las pasajeras se ponían nerviosa por ciertas turbulencias que sucedían durante el vuelo, aplicaron el sexo lesbico para hacer que se relajaran y olvidaran por un rato sus preocupaciones (huelga decir que aquello les funcionó como dios).

El sexo en los aviones es una de esas fantasías eróticas  que uno tiene frecuentemente, y que no siempre tiene oportunidades de realizar, o al menos no tanto como quisiera. Imagino que si además eres una mujer boyera la cosa es más difícil si no vas con la pareja ya adquirida; pero si no es así, recomendaría a las azafatas que quieran probar la técnica que acabo de contar buscarse un ejemplar del kamasutra lésbico, lectura obligada para ellas, jeje. De seguro les resulta interesante, les puede servir durante algunas horas de vuelos nocturnos en los que no tengan demasiada tarea… o para, en vez de liarse con las pasajeras nerviosas o molestas una a uno, montarse una orgía con todas ellas en las que usen estas técnicas sexuales milenarias.